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Ser negro

Por: Miguel Rodriguez

(...) fuimos apartados de nuestro “ser africano”, de una serie de prácticas y hábitos que no seguían el rumbo de la Iglesia católica, para convertirnos en seres sin memoria, susceptibles a un lavado de cerebros para ser completamente sumisos ante los bárbaros colonizadores

Actualmente me gusta observar con mucha atención y con fin de burla a todos los negros que creen ciegamente en la religión católica y, en un menor orden, en la Iglesia, en tanto que esta religión que practican no es la de sus ancestros africanos y la iglesia católica fue la principal promotora de la opresión de los negros y de la discriminación racial. Históricamente, esta religión se ha destacado por tener 10 principios básicos, los mandamientos, que son unos deberes excelentes para la convivencia en armonía, paz y amor. Sin duda alguna, es una bienhechora religión para tener un estilo de vida tolerante, pacífico y lleno de amor. Estas características le han conseguido el puesto de la religión más seguidas alrededor del mundo.

No obstante, tras la llegada de las nuevas necesidades económicas y políticas para la expansión de la Europa colonizadora, la Iglesia católica permitió la esclavitud de los africanos dejando atrás sus principios religiosos. Tal y como afirma Maya, L. (2001): Esta gran contradicción ética requirió de argumentos filosóficos que legitimarán las acciones, la colonia neogranadina dependía casi totalmente de la fuerza de trabajo esclavo. Ante esta urgencia, la teología y la ciencia fueron puestas al servicio de la estabilidad económica del Imperio. (pg. 182). Fue así como la iglesia lideró el proceso de clasificación a todas las personas con un gran porcentaje de melanina en su piel como cosas, bestias, monstruos, ignorantes e inferiores, para que se pudiese legitimar el proceso de la esclavitud para el beneficio de Europa. A modo de ejemplificación, Maya, L. afirma que, haciendo referencia a la discriminación de los europeos hacia los africanos, existía un discurso de los etíopes como monstruos, que situaba a los africanos y sus descendientes en un estado inferior de la hominización, una suerte de sub-especie humana (pg. 184). Esta clasificación llevó a un cambio de paradigma social que impulso a los colonizadores a encadenar a los negros de África. Llegado a este punto, se puede situar a la Iglesia católica como la principal promotora para la discriminación racial de los negros, ya que fue esta que nos hizo parecer inferiores frente al resto de la humanidad.

De igual manera, fue esta misma que suprimió nuestras culturas provenientes de África, en especial, como expresa Maya, L., nuestros hábitos politeístas, poligámicos y polilingües para que asimiláramos las prácticas monoteístas, monogámicas y monolingües, para seguir el rumbo de la Iglesia (pg. 179). En otras palabras, fuimos apartados de nuestro “ser africano”, de una serie de prácticas y hábitos que no seguían el rumbo de la Iglesia católica, para convertirnos en seres sin memoria, susceptibles a un lavado de cerebros para ser completamente sumisos ante los bárbaros colonizadores. He podido observar la historia de mis ancestros en distintas películas, en la mayoría con los ojos empapados, en las cuales los capataces y los curas, con látigos y biblia respectivamente, forzaban a los esclavos a limitar sus actos de danzas y cánticos porque eran una muestra de resistencia. Ahora bien, este propósito de supresión brutal que buscaba domesticar almas para rentabilizar los cuerpos de esclavos, fracasó.

Resulta que, para lastima de los esclavizadores, un negro no es sólo fuerte por su extraordinario físico, sino también por el corazón. Los esclavos, a pesar del arduo y doloroso trabajo que realizaron, fueron capaces de sobrevivir a las nuevas enfermedades extranjeras, los crueles latigazos que soportaron, no estuvieron ni cerca de borrar la emoción, sonrisa y regocijo que genera escuchar un ritmo o hacer un paso de cualquier danza. Todos los negros, vivan donde vivan, tenemos en común el amor al baile, a la música y a la buena comida, características que nos han unido sin siquiera ser conocidos. En esta época de la esclavitud, existía una gran diversidad de esclavos africanos llegados a América, se creó una cultura basada en los rasgos comunes de cada una de las clases de africanos. Restrepo, E. (2003) expresa que, los africanos llegados a América no conformaban una comunidad ni una cultura, sino que las crearon ante las nuevas situaciones de dificultad que originó esclavitud (pág. 92). Pese a que existía una variación étnica, cultural y lingüística, dada la procedencia de los africanos, no hubo ninguna barrera para unir a los negros, ni la sigue habiendo, sobre todo en las situaciones más difíciles. Pero esta relación entre negros, tanto histórica como actual, no es por el hecho del “ser negro”, sino por el sentimiento mutuo de que nos despojaron de nuestras costumbres africanas para ser occidentalizados forzadamente, de que en la actualidad seguimos siendo discriminados. Es increíble la mirada de hermandad entre negros que se siente al mirar a cualquiera que viva en una urbe de blancos.

En esta tenue homogeneidad presente, los descendientes de África en América fueron capaces de resguardar fracciones desorientados de nuestra cultura gracias a la memoria del corazón. Fueron pocas las orientaciones cognitivas claras que permitieran reconstruir un África americana. Aun así, fue posible el establecimiento de distintas culturas afros. Cabe decir que, como expresa, Wade, P. (1997) algunas de estas fueron básicamente apropiación de la cultura europea e indígena con la marca de un modelo africano (pg.54) Cito el ejemplo de la Contradanza y la Jota, que nacen como unas danzas que tenían el objetivo de hacer burla hacia las danzas de los blancos. Con esto, estoy a favor, junto a Arocha y Friedemann, sobre el debate acerca de la existencia de huellas de africanías en América. Según Restrepo, E. (2003), citando a Jaime Arocha, “Africanía se refiere a aquella identidad que los afrodescendientes fueron moldeando para resistirse a la esclavización (pg.93). Siendo alguien criado en el Chocó y habiendo recorrido una gran parte del Litoral Pacífico, no necesito realizar una investigación antropológica o consultar a expertos extranjeros para darme cuenta de que, cualquier persona con raíces africanas, tiene característica cultural muy distintas a la de un colombiano estándar y unas en común con todos los negros del mundo.

En una Colombia donde la mayoría de la población es mestiza-blanca, no es normal el movimiento excepcional de las caderas que tienen los negros, indispensable característica para bailar cualquier tipo de música que suene; no lo es la capacidad física con la que nacemos, haciéndonos los mejores en la mayoría de los deportes; tampoco lo es la capacidad que tenemos para la culinaria, siendo especialistas en la comida de mar y en los condimentos que nos proporciona la selva; menos aún la idoneidad de utilizar cualquier utensilio u objeto cotidiano como un instrumento para generar música; asimismo, el ingenio para matar el aburrimiento sin necesidad de tener dinero o cosas materiales; o la características de nuestros cabellos y la forma en que lo peinamos para formar “afros, “culebrillas” trenzas, etc.; por último, y lo más importante, somos capaces de conservar el sello de nuestra sonrisa a pesar de todas las adversidades de la vida, esto es lo más anormal.

Hoy en día, esta serie de características que tenemos los negros son percibidas por muchos como expresiones de animales, de inferiores, de carencias. Simplemente es una actitud hipócrita, porque mientras se ejecuta la discriminación silenciosa, se idolatran nuestras características especiales. Wade, P (1997) manifiesta que, los negros son vistos sencillamente como primitivos, pero al mismo tiempo como poseedores de algunos poderes especiales, particularmente mágicos, sexuales, musicales y rítmicos. (…) El mundo no negro acude a estas culturas a fin de utilizar sus poderes para ciertos propósitos específicos: curación y brujería, gratificación sexual, entretenimiento o catarsis (pg.55). Muchos de estos poderes fueron tildados tradicionalmente como corruptos por la Iglesia y posteriormente prohibidos porque esta no pudo comprender la naturaleza de estos. Y es que los negros no nos merecemos permanecer en un territorio donde no se nos permitiera ser como realmente somos. Con la mentalidad de un agnóstico me suelo preguntar: ¿Quién estableció que hacer brujería era malo, que tomar productos para tener un mejor desempeño sexual iba en contra de lo normal o que hacer plegarias para tener éxito era mejor que un baño de hierbas? Estamos viviendo hoy en día un tipo de esclavitud que, aunque no sea violenta, no nos concede la libertad de poder ser quienes somos.

Por otro lado, como mucho de los negros que viven en ciudades pobladas por mestizos-blancos, he sufrido la discriminación racial y por ello, casi siempre me remito a pensar en la frase de Eduardo Galeano: “Vivimos en la cultura del envase, que desprecia el contenido”. En el mundo que vivimos, sólo basta con tener una cantidad considerable de melanina en la piel para ser considerado como una persona peligrosa, con menor capacidad intelectual o que se vive en la miseria. Con mucha tristeza digo que he vivido situaciones en las que las personas toman precauciones al verme pasar o evitan sentarse a mi lado, me pesaron las manos al escribirlo. Es muy duro saber que, al nacer con la piel oscura, la balanza de la vida está en tu contra, que se deben superar más obstáculos de lo normal para llegar a tener algún éxito y que debes luchar cada día para superar a los mestizos-blancos para demostrar que todos somos iguales.

Por último, quiero expresar que yo tengo un sueño, el mismo que tuvo Martin Luther King, que se basa en la igualdad, justicia y libertad de las etnias. Sueño un mundo en el que puedan llamar a un negro por su nombre y no por palabras que se refieran a su color de piel; donde no sea necesario utilizar los colores para distinguir a alguien de los demás; donde se aprecien las características culturales de las etnias; donde no sea un prejuicio la práctica de distintas creencias; donde no se relacionen los colores de piel con todos los atributos malos que tenga la raza humana; donde no sea necesario que yo tenga que escribir este texto, o que ya no hayan publicidad ni políticas antirracistas, porque simplemente ya no existirá.

Bibliografía

Restrepo, E. (2003). Entre Arácnidas Deidades y Leones Africanos: contribución al debate de un enfoque afroamericanista en Colombia. Tabula Rasa, (1), 87-123.

Maya, L. A. (2001). Memorias en conflicto y paz en Colombia: la discriminación hacia lo (s) negro (s). Daniel Mato (comp.), Estudios Latinoamericanos sobre cultura y transformaciones sociales en tiempos de globalización, 2.

Wade, P. (1997). Gente negra, nación mestiza. Siglo del Hombre Editores.

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